La pelota de futbol que tuvo que esperar 30 años para ir al espacio

Una pequeña escuela en Houston resguarda este objeto que era el recuerdo del accidente del Challenger, una de las catástrofes más tristes de la era espacial, pero también la memoria de una hija por su padre. Ahora pudo formar parte de una exposición especial durante la reciente Copa del Mundo.

Por: José Juan Zapata

Cuenta la historia que alguna vez un padre quiso llevar un recuerdo del equipo de su hija y sus amigas al espacio. Y casi lo logra, pero para cumplir ese sueño tuvieron que pasar más de 30 años, en otras manos y en otras naves espaciales. Y que este recuerdo era, curiosamente, una pelota de futbol.

En 1986 Janelle Onizuka era una estudiante de la Clear Like High School en Houston, a diez minutos del Centro Espacial Johnson de la NASA, por lo que muchas familias de astronautas conviven en esta ciudad. Ella formaba parte del equipo del futbol de la escuela. El “soccer” tiene una gran popularidad entre las estudiantes en este país y la selección estadounidense femenil ha sido varias veces campeona del mundo.

El padre de Janelle, Ellison Onizuka, era astronauta. Para llegar a ese puesto estudió ingeniería aeroespacial y consiguió una maestría. También sirvió en la Fuerza Aérea de Estados Unidos e hizo varios cursos de piloto de pruebas hasta que ingresó en la NASA y participó en la misión Discovery en 1985. Ya conocía el espacio, con sus riesgos y sus maravillas. Para su segunda misión quería llevar un encargo especial.

El portal deportivo The Athletic cuenta la historia que Janelle estaba entrenando cuando vio llegar a su padre a lo lejos, lo cual la sorprendió, ya que debería estar cumpliendo la cuarentena estricta que los astronautas deben guardar para reducir el riesgo de llevar enfermedades al espacio. En acuerdo con el coach, Ellison había hecho firmar una pelota por ella y por todo su equipo para llevarla como uno de los souvenir que los astronautas suelen llevar consigo. Y se había escapado para ir a recogerla. Esa fue la última vez que lo vio y uno de los recuerdos más hermosos de su vida.

Lo que sigue fue un episodio trágico de la historia espacial. El transbordador Challenger despegó el 28 de enero de 1986 en Cabo Cañaveral, Florida, y poco más de un minuto después explotó en el aire, para sorpresa de las personas que lo veían en directo por la televisión. Fallecieron los siete tripulantes, entre ellos Ellison Onizuka. La causa fueron unas juntas que se congelaron debido a las bajas temperaturas y que luego se rompieron causando una fuga de gas.

Cuando las autoridades recopilaron todos los restos de la nave que cayeron al mar, encontraron una caja blindada que contenía los objetos pertenecientes a Ellison, entre ellos la pelota de futbol, que entregaron a su familia poco tiempo después. “Me quedé sin habla”, le dijo Janelle a The Athletic, “y me puse emocional, porque aún conservo el recuerdo de cuando le di la pelota, ver su cara y su sonrisa y sus últimas palabras”.

Janelle decidió donar la pelota a su escuela, y durante mucho tiempo estuvo guardada en una vitrina de trofeos o en distintas oficinas, sin que nadie prestara atención a la gran historia que tenía detrás. Así habría quedado olvidada de no ser porque otra vez, una alumna del Clear Like tenía un padre que estaba por volver al espacio. Shane Kimbrough se puso en contacto con la actual directora, la doctora Karen Engle, a la búsqueda de algún souvenir que pudiera ser significativo para la escuela, y ella le contó la historia de la pelota que llevaban los tripulantes del Challenger.

“Me quedé impresionado. No podía creerlo. De inmediato dije que sí, que íbamos a hacerle un espacio”, dijo Kimbrough “En cuanto escuché esa historia, quise llevarla a su destino original”.

Kimbrough llevó la pelota en su misión a la Estación Espacial Internacional en octubre de 2016. Habían pasado ya 30 años después del accidente del Challenger. Ahí capturaron varias fotos de la pelota flotando sin gravedad, mientras se ve la figura del planeta Tierra a través de las ventanas. 

“Es más allá de lo que podemos imaginar, lo que hizo por mi padre y por nosotros”, dijo por su parte Janelle. La pelota volvió a tierra y fue devuelta a la escuela, con una ceremonia a donde asistió todo el equipo que la firmó en 1986. Volvió a estar en exhibición, junto a una foto, en las instalaciones de la escuela… hasta que llegó la Copa Mundial.

Diez años después la historia llamó la atención de los curadores de los museos del Centro Espacial de Houston. Con motivo de la Copa Mundial de la FIFA que se celebró en Estados Unidos, México y Canadá, realizaron una muestra especial donde la pelota fue una de las piezas más importante, ya que muestra un inesperado vínculo entre la ciudad (que fue sede mundialista), el futbol y el programa espacial, además de contar con una gran historia detrás.

Así, este símbolo de comunidad y de memoria frente a la tragedia pudo ser conocida por muchos visitantes a lo largo de este mes y medio. Y es otra bella metáfora de cómo este deporte, que cada cuatro años busca ser un símbolo de unidad y convivencia entre las naciones, aun tiene historias apasionantes que contarnos, aunque no tengan que ver precisamente con lo que sucede en el campo de juego, sino con una hija que se despide de su padre antes de partir a las estrellas.