Al norte del Valle de México, en esa zona fronteriza entre la ciudad y el estado de México, se encuentra la Sierra de Guadalupe, una silueta verde y rocosa que pareciera custodiar la gran metrópoli que es la capital. Debe su nombre a que en uno de sus cerros más célebres, el Tepeyac, se encuentra la Basílica de la Virgen de Guadalupe. Pero lo que no pocos saben es que se trata de una enorme familia de 26 volcanes dormidos que hace millones de años moldearon este paisaje particular.
Para comprender sus orígenes hay que viajar en el tiempo, unos 15 millones de años atrás. Según las investigaciones vulcanológicas de la especialista Lucía Magaly Ramírez González, esta sierra nació en la época del Mioceno gracias a la intensa actividad del Cinturón Volcánico Transmexicano. En aquel entonces, profundas grietas y fallas geológicas permitieron que el fuego de la Tierra escapara a la superficie, esculpiendo estructuras emblemáticas como el volcán El Picacho —la cima más alta con sus 3,000 metros de altura— o el citado cerro del Tepeyac.
Aunque hoy esos gigantes de piedra descansan tranquilamente, su paso por el planeta dejó huellas fascinantes. La lava al enfriarse creó grietas y formas que parecen rompecabezas gigantes en las rocas, mientras que antiguas columnas de vapor hidrotermal pintaron el paisaje con minerales de colores. Una erupción en particular, la del volcán El Picacho, levantó una columna de ceniza de 20 kilómetros de altura.
Pero la riqueza de la Sierra de Guadalupe va mucho más allá de su pasado geológico. Hoy en día representa el pulmón ambiental más importante del norte del Valle de México, ocupando con su biodiversidad espacios de la alcaldía Gustavo A. Madero y los municipios mexiquenses de Ecatepec, Tlalnepantla, Coacalco y Tultitlán. Es un refugio vital donde aún habitan plantas y animales autóctonos, además de funcionar como un punto de descanso para la mariposa Monarca durante su larga travesía.
Un entorno amenazado
A pesar de su valor, esta sierra enfrenta constantes amenazas como la expansión urbana, los incendios forestales y la contaminación. Frente a este reto, organizaciones como el Grupo Ambientalista Sierra de Guadalupe se han preocupado por difundir la importancia de cuidar este pulmón esencial para el Valle de México. Y nos dejan en claro que cuidar la montaña no es solamente plantar árboles o juntar basura.

Para fortalecer esta defensa, el grupo promueve un Programa Biocultural que une a científicos, escuelas y comunidades vecinas. La meta es rescatar y documentar los saberes ancestrales de los pueblos originarios de la zona: desde el uso de plantas medicinales, quelites y variedades gastronómicas autóctonas, hasta el cuidado de semillas nativas mediante huertos y “casas comunitarias de semillas” que garanticen la soberanía alimentaria del territorio.
Este mes de agosto el colectivo comenzó una serie de conferencias con especialistas en temas culturales, iniciando con una charla por zoom sobre “El cielo nocturno como patrimonio biocultural”, con el doctor Arturo Montero García de la Universidad del Tepeyac, arqueólogo de profesión, que cuenta con un posdoctorado en antropología ecológica. Los cielos nocturnos representaron el eje, la brújula, la consolidación de ciudades, cosmovisiones, la representación y conexión profunda entre naturaleza y culturas, el cual se está perdiendo por la contaminación lumínica.
La Sierra de Guadalupe nos demuestra que la naturaleza y la cultura son dos caras de la misma moneda. Recordar que caminamos sobre antiguos volcanes y que de su salud depende nuestro bienestar futuro es el primer paso para protegerla.Los gigantes dormidos del Valle de México no sólo son un paisaje cotidiano, sino un patrimonio vivo que debemos cuidar para las próximas generaciones.