Dinosaurios de Coahuila: de la expedición al museo
Tlatolophus galorum
Guadalupe Alamitos, General Cepeda
Felisa Aguilar

CUENTO

Me contaron que aquí podría haber un dinosaurio

Etapa 1: Prospección

—Ximena, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué tienes toda esta tierra regada en tu cuarto? 
—¡Ay mamá, espérate, que me desacomodas todo! Estoy jugando a desenterrar dinosaurios…

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ARTÍCULO

De dinosaurios platicadores y otras charlas: el rescate del Tlatolophus galorum

¿Te imaginas descubrir un dinosaurio y no encontrar los elementos suficientes para poder describirlo? Eso le pasó a un grupo de investigadores del norte de México. Les costó cinco años, hasta que estuvieron seguros que se trataba de un animal diferente a todos los que se habían encontrado antes en esa región. Cuando por fin pudieron darle un nombre, lo llamaron Tlatolophus galorum, o dinosaurio platicador.

Pero no le pusieron así porque platicaba mucho. La razón de este nombre es porque tiene una cresta en la cabeza en forma de coma invertida, como el signo con el cual se representa el habla en los códices mesoamericanos. Pero más adelante nos enfocaremos en él. Ahora vayamos al principio de la historia con una de las investigadoras que trabajaron en su descubrimiento: Felisa Aguilar.

De los ajolotes al desierto

Cuando era niña en el Valle de México, a Felisa le gustaba pasar los días de lluvia buscando ajolotes en el jardín de la casa de su abuela. Los tesoros que encontraba por aquellos días eran muy distintos a los que se toparía años más tarde a varios kilómetros de donde creció.

Su interés se centraba en cómo se desarrollaban los animales, curiosidad que la llevó a estudiar la carrera de Biología en el FES Zaragoza de la UNAM. En el camino, se topó con los fósiles, restos de animales petrificados. 

La pequeña Felisa no imaginaba entonces que, muchos años después, se mudaría a Coahuila, para hacerse cargo del proyecto Protección Técnica y Legal del Patrimonio Paleontológico. Como en Coahuila se suelen encontrar muchos fósiles quisieron llevar un registro para atender las denuncias ciudadanas. La gente llama y avisa que vió algo que le llamó la atención y luego mandan a los especialistas a recorrer el lugar y determinar si es un hueso o animal prehistórico, para evitar que el material se pierda. 

En la historia de la paleontología de dinosaurios en México no se tenía reportado este tipo de hallazgos, o por lo menos no con la cantidad de vértebras que originalmente habíamos vislumbrado.

Felisa Aguilar

Dicho proyecto, parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), inició en 2005 e incluía el registro de colecciones de aficionados o de instituciones.  Un año antes Felisa había terminado su maestría en Ciencias Biológicas en la Universidad Nacional Autónoma de México.

La voz de alerta

Un buen día José Espinosa, habitante del ejido Guadalupe Alamitos, en el municipio de General Cepeda, llamó para reportar un hallazgo y pedir una opinión técnica. Así inició el descubrimiento del Tlatolophus. Tras la valoración de los restos, elaboraron el proyecto de rescate de la cola de un hadrosaurio, también conocido como dinosaurio pico de pato. 

“En la historia de la paleontología de dinosaurios en México no se tenía reportado este tipo de hallazgos, o por lo menos no con la cantidad de vértebras que originalmente habíamos vislumbrado”, dice Felisa.

Guadalupe Alamitos, General Cepeda, Coahuila

Entonces definieron los objetivos: qué esperaban encontrar y cuáles serían las estrategias. También dónde se iban a hospedar, qué comerían, y dónde estaría el baño. Eso implica ir a hablar previamente con la gente, para saber si el lugar donde van a establecer el campamento está disponible, si cuentan con el presupuesto, si quieren hacer una excavación extensiva para que puedan aprovechar todo el tiempo y no nada más llegar a la primera capa y tener que regresar. 

Esta investigación se sostuvo gracias a una red de colaboración entre diferentes instituciones, como el INAH, el municipio de General Cepeda y la sociedad civil, a través de la Oficina de Convenciones y Visitantes de Saltillo, asociación que apoyó con material para hacer la extracción y el molde de la cola.

La prospección: el primer paso

Al llegar a la localidad empezaron a hacer la prospección, que es una planeación que hacen en el lugar para definir qué se va a excavar. 

En esta etapa el equipo de investigación genera algo llamado “propuesta metodológica”, por lo que es muy importante entender cuáles fueron las condiciones y en qué momentos temporales se están ubicando los materiales. “Si encontramos un punto no lo vamos a excavar en ese momento, sino que lo vamos a tapar y en la siguiente temporada vamos hacer una excavación extensiva“.

¿Qué es una excavación extensiva? Es tener claridad de qué van a excavar en los tres niveles: largo, ancho y profundidad. A partir de ahí hay que saber cómo van a registrar la información para la tafonomía, que es la parte de la paleontología que estudia cómo se forman los fósiles.

En la tafonomía es muy importante conocer la orientación de los materiales, el tipo de fósiles asociados, el tipo de sedimento, y ubicarlo dentro de todo ese paquete de rocas. Por eso se vuelve indispensable contar en el equipo con alguien experto en geología, para ayudar a hacer la descripción.

El vínculo con las comunidades

Los sitios no están cercanos a la ciudad. Desde el campamento se suele caminar varios kilómetros. Es una aventura en la que participan muchas personas junto a la comunidad. Los equipos de trabajo en los que ha participado Felisa suelen hospedarse en las localidades, tanto por seguridad como para tener retroalimentación con la gente. 

“Yo platico qué es lo que hago e incluso ellos nos cuenten la historia del lugar. Cómo es que llegaron, desde cuántas generaciones viven ahí, qué tipo de actividades hacen e incluso si tienen algún conocimiento de los fósiles”, dice Felisa. “Esto es para quitar la idea de que estamos encontrando tesoros que nos llevamos. Eso también es parte importante en el trabajo de campo. Fomentamos que se haga esta parte social en donde podamos tener una retroalimentación, porque es un constante aprendizaje.” 

En esta ocasión, el equipo conformado por la artista plástica Marisol Lara, el maestro René Hernández, el maestro Ángel Ramírez Velasco y el entonces biólogo José Luis Gudiño, acampó en el ejido Presa de San Antonio, en Parras, a cinco kilómetros de la localidad. Ahí, la familia de José Espinosa les proporcionó dos casas. 

Tenemos que romper con estos mitos donde nada más el hallazgo es importante. Todo el estudio que va detrás tiene mayor peso que realmente el hallazgo.

Felisa Aguilar

¿Cuánto tiempo duran en el campo?

Así, pasaron seis semanas en el campo, desenterrando la cola y el cráneo con martillo y cincel. Estos huesos se sacaron con parte de las rocas en las que se encontraban, pues sirven para protegerlo y tener condiciones controladas de humedad, temperatura y presión. 

Felisa Aguilar en el campo / Foto: Mauricio Marat

Aunque pudiera parecer mucho tiempo, hay campañas que duran hasta dos meses. La duración de las campañas varía, dependiendo del dinero con el que se cuente, del contexto, y de los objetivos que los investigadores planteen. Hay localidades que se pueden estudiar por generaciones. 

La preparación de los fósiles

Después de desenterrar los huesos del dinosaurio se los llevaron al laboratorio, donde comenzó la parte realmente complicada: limpiar muy bien todo y analizarlo. A esta parte se le llama preparación. “Una fase que muchas veces la gente desconoce porque casi no la divulgamos, y es la que a veces dura bastante tiempo”.

Este es el momento en el que se le quita el exceso de sedimento al fósil, con herramientas más finas como cinceles mucho más pequeñitos e instrumentos de dentista. Incluso algunos ácidos débiles. 

“Ese es uno de los mitos que tenemos en la paleontología: se piensa que los fósiles están petrificados, que no les pasa nada. Y no es así. Nosotros, al momento de encontrarlos, les quitamos esa capita de protección, cambiamos condiciones de temperatura, humedad, presión y lo que estamos fomentando es una aceleración de la erosión. Queramos o no, los fósiles a final de cuentas también se pueden destruir”.

Algo nuevo en el horizonte

Venía luego el reto más complicado: conforme se limpiaba el material encontraban estructuras que no aparecían en los artículos científicos publicados. “Cada que platicaba con el maestro Ángel Ramírez, él decía: ¿y ahora, cómo lo voy a describir? Entonces tuvimos que empaparnos con una bibliografía súper especializada para hacer esas descripciones”.  

Así pasaron cinco largos años en los que estuvieron armando ese rompecabezas, desde 2014 hasta 2019. Por fin, encontraron que se trataba de una especie única en su tipo. 

“Pudimos ver que era un hadrosaurio de los denominados crestados, completamente distinto, y por eso le llamamos Tlatolophus galorum. ‘Lophus‘ para referirnos a esta cresta en latín y ‘Tlato‘ que significa “habla” en náhuatl, por el parecido que tiene en su forma con la vírgula, el glifo con la cual se representa en los códices. Y es por eso que cariñosamente le decimos el hadrosaurio platicador“.

Vírgula del habla en el Códice Botulini

Así, oficialmente, la especie quedó descrita en la revista Cretaceous Research, del mes de octubre del 2021.

Aún hay pendientes

Y colorín colorado, esta historia ha terminado… o no. Aún hay muchas cosas que no se saben y que son piezas importantes para seguir armando este rompecabezas llamado Tlatolophus galorum. El cráneo se sigue estudiando, así como sus dientes, con lo que podrían conocer mejor el tipo de dieta que llevaba. O dicho en otras palabras, el tipo de plantas que comía. 

En cuanto al cráneo quieren hacer algunas inferencias del interior, para ver cómo es que tenía el cerebro y comprobar la existencia de una caja vibratoria y el sonido que emitían. También falta estudiar más la cola y corroborar su tamaño. 

La ciencia siempre tiene respuestas pendientes por resolver. “La ciencia no es nada del otro mundo, cualquiera de nosotros la puede hacer. Y en México se hace buena ciencia. A lo mejor a otros ritmos, por toda esta carencia de espacios o de recursos, o porque muchas veces estas etapas no se comprenden. Tenemos que romper con estos mitos donde nada más el hallazgo es importante. Todo el estudio que va detrás tiene mayor peso que realmente el hallazgo”.

El Tlatolophus galorum en una ilustración de Marco A. Pineda

¿Cómo era el Tlatolophus galorum

Para responder a esta pregunta, se toma como base lo que ya se sabe sobre el comportamiento de otros hadrosaurios, pues se cree que podría comportarse de manera similar. Esto porque hasta ahora, es el único individuo que se conoce de su tipo. 

Para empezar,  es de los denominados picos de pato, por la forma achatada en la cual termina su hocico. Como ya dijimos se alimentaba de plantas, es decir, era un dinosaurio herbívoro. También se sabe que vivía en manada y que se desplazaba en grupo para buscar comida.

De acuerdo a lo que explica Felisa Aguilar, los hadrosaurios podían comer todo tipo de vegetación, no nada más pastos o brotes o frutos. “Esa es la habilidad que tiene esa mandíbula que súper desarrollaron, además de esa hilera de dientes  que, conforme se desgastaba una, era reemplazada por otra”.

Además, los más grandes cuidaban a los más pequeños. “Las huellas nos confirman este comportamiento. Por lo menos aquí de lo que conocemos, hemos identificado rastros de 7 individuos. Tenemos huellas grandes, que podrían ser los individuos adultos y huellas más pequeñitas, donde estaríamos hablando de organismos juveniles o posiblemente más pequeños”.

Otra característica es que siempre regresaban a la misma zona a colocar sus nidos y al parecer cuidaban sus huevos hasta que eclosionaran.

Entrevistas y texto: JESSICA JARAMILLO

Ilustraciones: NATALIA LUNA
Edición: JOSÉ JUAN ZAPATA
Diseño web: JOSÉ JUAN ZAPATA

Dirección Amonite: QUITZÉ FERNÁNDEZ
Producción de audio: FELIPE PERALES
Locución: ELENA REYES Y ABIGAIL MUÑOZ

02 – Acantholipan gonzalezi

o3 – Latirhinus uitstlani

04 – Coahuilaceratops magnacuerna

Este artículo forma parte del proyecto “GIGANTES EN EL DESIERTO”, que fue posible gracias a una beca para la producción de trabajos periodísticos en temas de ciencia, concedida por la Fundación Gabo y el Instituto Serrapilheira, con el apoyo de la Oficina Regional de Ciencias de la UNESCO para América Latina y el Caribe.