En su memoria histórica de su ciudad, Estambul: ciudad y recuerdos, el escritor Orhan Pamuk evoca su infancia y recuerda cuando, alrededor de los cinco años, empezó a creer que en otro lugar de la ciudad existía otro Orhan, un niño exactamente igual a él, su doble. Y si bien en el Premio Nobel Literatura esta idea es un motivo que suele aparecer de manera recurrente en sus reflexiones sobre la identidad que plantea en sus libros, la verdad es que la mayoría se ha hecho más o menos la misma cuestión alguna vez en la vida: ¿será que existe otra persona idéntica a mi?
La respuesta científica es sencilla: no, no existe otra persona en el mundo que comparta exactamente nuestro mismo ADN de manera exacta. Es más, ni siquiera los gemelos, como veremos más adelante. Sin embargo, la obsesión por el doppelgänger, ese término alemán usado para definir ese “doble malvado” de una persona viva es un motivo que obsesiona a la humanidad desde jace milenios.
Lo que sí es que puede haber personas que sean muy parecidas a nosotros en cuanto al rostro. Esta y otras cuestiones aborda el genetista Carles Lalueza-Fox en su reciente libro llamado Identidad (editado por Crítica), donde explica cómo la genética revela hasta qué punto somos únicos y, al mismo tiempo, profundamente interdependientes.
En una entrevista con el diario El País, Lalueza explica que ha estudiado de cerca el fenómeno de los doppelgänger, que suelen ser populares en redes sociales por su enorme parecido facial. Encontró que se parecían en el grupo de genes que podrían estar implicados en la estructura de la cara, por supuesto, pero que también aparecían genes asociados al comportamiento, la dieta, y los hábitos. “Es decir, que aparentemente la semejanza con otra persona va más allá de la identidad básica que percibimos cuando nos miramos al espejo”, dice el biólogo.
Si bien un doble cien por ciento idéntico es imposible, el investigador reconoce que se podría calcular de manera estadística, con los 200 genes más importantes de la estructura facial y calculando cuál es la probabilidad de frecuencia entre la población mundial de 8 mil millones de personas. Los resultados serían que quizás tendríamos más de un “casi doble” caminando por algún lugar de la tierra.

Ahora, volviendo al tema de los gemelos, se suele creer que al dividirse en dos embriones compartirán exactamente el mismo material genético. Lalueza explica que un estudio muy reciente muestra que la mayoría difieren en unas cuantas mutaciones que se generan después de la división. “El promedio está cerca de cinco diferencias, pero algunas parejas llegan a casi 20. Dos humanos al azar diferimos en cerca de 30 millones de diferencias”, dice.
En un mundo donde cada vez más personas están obsesionadas con buscar sus orígenes genéticos, asociados a ideas de raza, nación o etnia; o personas que en el futuro buscarán la “edición genética” para elegir los rasgos que tendrán sus hijos, nos queda aún por entender que las diferencias y lo que hacemos cada uno con nuestras vidas es lo que realmente nos define como humanos.
En el diálogo con El País, Carles Lalueza-Fox aporta la reflexión que nuestra identidad, la que realmente nos hace ser diferentes, está en nuestras manos, no en nuestras células. “Lo que hace la diferencia en la sociedad actual es cómo actúas, cómo ayudas a la gente. Es mucho más complicado, pero más democrático que simplemente heredar unos genes. Debemos definirnos por lo que hacemos, más que por lo que somos”, dice.