Hace mucho, mucho tiempo —cuando no había carreteras ni cuatrimotos y el desierto era un enorme mar de arena— un joven caminaba por un lugar que hoy conocemos como las Dunas de Bilbao, en el estado de Coahuila.
Las Dunas de Bilbao son grandes montañas de arena clara que se mueven con el viento, como si el desierto respirara. Están cerca del antiguo lecho de la laguna de Viesca, un sitio que hace cientos de años tenía agua, animales y plantas. Por eso, muchas personas viajaban hasta ahí para cazar, pescar y descansar un tiempo antes de seguir su camino.
Aquel joven vivía como los antiguos cazadores-recolectores: no tenía una casa fija, caminaba mucho, fabricaba sus propias herramientas de piedra y conocía bien el desierto. Tenía entre 20 y 30 años cuando algo ocurrió. No fue enterrado con cuidado ni colocado en una tumba especial. Su cuerpo quedó en el campamento, y con el paso de los años, el viento fue cubriéndolo poco a poco con arena, hasta esconderlo por siglos.
Pasaron entre 700 y 1000 años. El mundo cambió. Y un día, el movimiento de la arena dejó ver algo inesperado: huesos humanos. Turistas que paseaban por las dunas avisaron a las autoridades, y así comenzó una historia de descubrimiento.

Especialistas de la fiscalía y del Instituto Nacional de Antropología e Historia llegaron al lugar. Al observar los huesos y las piedras que los rodeaban, supieron que no se trataba de alguien reciente, sino de una persona del pasado prehispánico. El sitio resultó ser un antiguo taller y campamento donde se fabricaban herramientas de piedra, muy parecidas a las encontradas en la Cueva de la Candelaria y en la región Lagunera.
El esqueleto fue llamado “El Hombre de Bilbao”, por el nombre del lugar donde apareció. Aunque sus huesos estaban fragmentados, estaban casi completos. Junto a él se hallaron pistas de su vida: un collar hecho con conchas marinas —probablemente traídas desde el océano Pacífico—, una hoja de pedernal blanco que formó parte de un cuchillo, una punta de proyectil y restos de animales.
Estos objetos cuentan que perteneció a las Culturas del Desierto, grupos nómadas que conocían bien los caminos del norte de México. Su vida fue físicamente exigente, llena de caminatas, trabajo y adaptación al entorno.

Hoy, el Hombre de Bilbao es estudiado por especialistas en antropología física, en un proyecto donde participan estudiantes y expertos del INAH. Sus restos se resguardan en el Museo Regional de La Laguna, donde continúan las investigaciones para conocer más sobre quiénes eran nuestros antepasados: cómo vivían, qué comían y cómo enfrentaban el desierto.
Tal vez, cuando termine el estudio, el Hombre de Bilbao pueda ser exhibido para que niñas, niños y adultos lo conozcan. Entonces, bajo luces de museo y lejos del viento, aquel joven del desierto volverá a contar su historia: la de un tiempo en que las dunas no solo eran arena, sino hogar, camino y memoria.