Tras las huellas: ¿sabías que el jaguar también habita en Sinaloa?

El Museo del Jaguar, en San Ignacio, Sinaloa, cumple 10 años de difundir la presencia de este gran felino en las sierras norteñas. La caza, la relación con los ganaderos y la destrucción del hábitat son sus mayores amenazas.

Por: Jessica Jaramillo y José Juan Zapata

Foto: Museo del Jaguar

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“Oye Yamel, ¿en tu tierra hay jaguares?”. Para la profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de Sinaloa la pregunta no era tan rara. Otra -mucha- gente piensa que los jaguares sólo habitan en la selva, y no en las montañas de la Sierra Madre Oriental, en el norte de México.

“Tengo entendido que sí”, contestó a sus colegas del Instituto de Ecología de la UNAM, quienes estaban impulsando un censo del jaguar a nivel nacional. Yamel Rubio tenía evidencia anecdótica de que el felino estaba presente en las sierras: algún cráneo por aquí, anécdotas por allá, alguna foto eventual. Pero hasta ese momento no había ningún registro formal o científico.

Así que en el 2008 se internaron en la selva seca para instalar cámaras trampa, que en ese entonces aún eran analógicas, con un rollo de 36 fotos. La primera imagen fue tan solo una cola. “El ver las motitas o rosetas fue una alegría tremenda. ¡Sí, sí es! Estábamos felices, y seguimos revisando”, cuenta Yamel en entrevista con Amonite. “De repente nos sale un animal grande, y lo celebramos. No es como ahora con las cámaras trampa digitales, que puedes tomar miles de fotos. Aquí teníamos sólo 36 oportunidades y fue suerte de principiantes”.

Este primer registro científico los llevó a participar en el censo, y posteriormente al establecimiento del Museo del Jaguar, en Cabezán, San Ignacio, Sinaloa. Aquí los visitantes pueden conocer más acerca de este felino y de los esfuerzos en su conservación. Este 2022 están cumpliendo 10 años.

“Ha llegado gente al museo, ve las imágenes, y todavía no lo creen”, dice Yamel. “Este museo está basado en información de campo, científica, de la región. La gente sale maravillada luego de la visita guiada, salen con otra perspectiva. Aprenden que en esos cerros, en esas montañas alrededor de Cabezán, está presente el jaguar”.

Flyer por los 10 años del museo

En el museo, además de fotografías e historia natural, hay piezas valiosas, como un cachorro de jaguar disecado, y la piel de otro ejemplar. “Los niños se maravillan de tocar esa piel, ¿de qué otra manera pueden hacerlo? Eso cambia a los niños, les entra un sentimiento de apego, de amor hacia el animal. Tocan la belleza de su piel, la textura, y tú les explicas que cada roseta es única. Eso es el valor”.

La caza y la deforestación, amenazas del jaguar

El museo se fundó el 30 de marzo de 2012 y es accesible desde el puerto de Mazatlán, que se encuentra a una hora de distancia. Reciben alumnos de escuelas vecinas y turistas, y a lo largo de esta década han recibido cerca de 8 mil visitas. Para los investigadores y conservacionistas es una oportunidad de hacer llegar el mensaje de que el felino más grande de América se encuentra en la región y es importante preservarlo.

“El jaguar está en el imaginario de las personas, es un símbolo de identidad biocultural”, dice Yamel. Sin embargo, se enfrentan a muchos retos, ya que este animal sigue siendo cazado, y su hábitat se destruye día a día. Así que desde las aulas universitarias se impulsan los procesos de educación ambiental. “Son procesos que no son fáciles, pero a diez años de tener un museo, sabemos que hay algo ahí”.

Interior del museo

La cacería del jaguar es su amenaza más fuerte. Lo siguen cazando por trofeo, por todo lo que representa cazar a un gran felino. También hay malestar en los productores ganaderos, ya que las vacas andan deambulando por el bosque, por la selva, lejos de la mirada de los ganaderos, y pueden estar expuestos al ataque del jaguar o de otras especies silvestres o domésticas.

“La Confederación Nacional de Organismos Ganaderos tiene un seguro que atiende este tipo de siniestros. Tenemos que trabajar muy en conjunto con los ganaderos, que adopten la cultura de que si tienen algún problema con algún depredador se comuniquen con ellos”, menciona Yamel.

Por otro lado, en esta región de Sinaloa las tasas de deforestación son altas: entre 10 y 14 mil hectáreas se pierden al año. No sólo se trata del hábitat del jaguar, sino de muchas especies que contribuyen a mantener el equilibrio ecológico.  Y ese equilibrio va de la mano con servicios ambientales como el agua y el oxígeno. Finalmente está el reto de la indiferencia por parte de las personas que toman decisiones. “Nos falta trabajar esa parte, poner sobre la mesa la importancia de la especie”.

La población de jaguares, en recuperación

Actualmente, en el área de San Ignacio, según el último censo de 2016-2017 existe un promedio de 5,5 jaguares por cada 100 km2, un dato que se encuentra en el rango de la media. En 2010 había 4,5.

En la misma área se tiene contabilizado actualmente 211 jaguares según el primer censo de 2010, y ahora se están haciendo estimaciones para toda la sierra de Sinaloa.

La importancia de la comunidad

Cuando realizaron el primer censo del jaguar, Yamel y sus estudiantes de la UAS recibieron una lección que sería valiosa y que marcaría el camino que habría de seguir todo este proyecto. “Conocíamos el terreno, y llevábamos GPS y guías de campo, pero aprendimos una gran lección: no hay como llevar a las personas de la localidad”.

Durante la expedición un grupo de jóvenes se perdieron y tuvieron que salir a buscarlos. No tuvieron en cuenta lo abrupto del terreno y querían desplazarse de manera recta entre dos puntos. Así que tras esa experiencia del primer día pidieron apoyo. “Fue una lección de humildad, de reconocer que la tecnología nos ayuda muchísimo, pero siempre la gente del campo, de las comunidades, son los mejores aliados”.

Cuando empezaron a instalar las cámaras trampa hicieron acuerdos y compromisos con las autoridades. Si ayudaban a cuidar a los investigadores irían comunidad por comunidad mostrando los hallazgos. Y así lo hicieron. Un año estuvieron “rancheando” con un proyector mostrando a la gente los jaguares, venados, coatíes, jabalíes, toda esa riqueza que a veces ellos mismos no conocían

Fue a partir de esas charlas con los vecinos que surge la idea de instalar un museo y recuperar una escuela abandonada. Y así nació el Museo del Jaguar como un espacio de coincidencia para compartir experiencias. “Todas las visitas son muy lindas, desde los niños, sobre todo, hasta los grandes científicos e investigadores que quieren conocer ese espacio. Nos da muchísimo orgullo”.

Todo el trabajo que realizan estudiantes e investigadores en torno al Museo se vuelve una relación de respeto y fascinación por la naturaleza.  “Nos da mucha emoción, sentimos que estos grandes felinos nos están observando y nos permiten estar. Los animales no están ahí para atacarte, lo que menos quieren es interactuar con nosotros, se van, pero están ahí. Son esas cosas que motivan a los jóvenes”.

En una excursión, uno de sus estudiantes se fijó sobre el camino andado hacía unas horas de diferencia y notó algo que llamó su atención. “Profe, sobre mi huella está la huella de un jaguar”, dijo. Y nada podría ejemplificar mejor esa maravilla.